BLOG DE CRÍTICA Y ANÁLISIS

miércoles, 24 de julio de 2013

Daffy Doodles - Merrie Melodies [Daffy Duck/Porky Pig]) (1946)

Las barbas del diablo

Haciendo el seminario del Maestro Ángel Faretta hemos aprendido que el cine clásico es un ajuste de cuentas con todo el arte anterior a él. Es decir, el cine, cuando es cine, tiene la capacidad de criticar no solo su tiempo histórico, sino también al arte en general y al mismo cine en particular. Veamos rápidamente un par de ejemplos en películas de Alfred Hitchcock, agradeciéndole a Ángel por haberlos señalado.

En La sombra de una duda Hitchcock se permite en una escena discutir abiertamente con el teatro del absurdo, tan en boga durante esos años. Si este teatro sostiene que el absurdo demuestra el sin sentido que impera en lo humano, siendo el lenguaje la primera expresión de esta situación, Hitchcock muestra que el supuesto sin sentido es un aparente, ya que detrás de él se esconde el Mal, el que trabaja para la desunión. Hitchcock critica al arte moderno por aparentar vacío donde en realidad hay una decisión consciente y especulativa, al acecho. Otro ejemplo. En Vértigo la mejor amiga del protagonista intenta "curarlo" de su pasión al realizar un retrato paródico de su objeto de deseo. Pero la broma le sale mal y el buen hombre se ofende. Cuando "la artista" queda sola, angustiada toma un pincel y realiza sobre su retrato líneas de bigotes y barba. Acá Hitchcock nos habla de la L. H. O. O. Q., obra de 1919 donde Marcel Duchamp realiza la "transgresión" de pintarle bigotes al retrato de la Gioconda. El maestro nos muestra que esta actitud es una descarga histérica y solitaria, totalmente modernista, porque se centra en la autonomía de un autor y no en la tradición que custodia saberes de origen.

Teniendo en cuenta esto último, hemos recordado un viejo dibujo animado de la Warner. Intentaremos ahora aplicar algunos puntos de la teoría del Concepto del Cine a esta Melodía Animada, creyendo que hay aquí un rico campo de investigación para futuros escritos. Porque estos animados, estamos seguros, también representan lo mejor del Cine.

Daffy Doodles es un cortometraje animado de 1946, dirigido por Robert McKimson y escrito por Warren Foster. La historia nos cuenta que en una ciudad hay un demente que se encarga de pintar bigotes a todo lo que encuentra. Este demente es el Pato Lucas. Un policía, nuestro bien amado Porky, es el encargado de detener al culpable y devolver la paz social.

Es interesante que el animado se lleva a cabo a partir de una enunciación que apela a la distanciación. Recordemos sus recursos: la voz narradora, el humor de farsa, los aparte a público, lo gestual. Estos procedimientos están hechos para que el espectador comprenda que hay una distancia que debe tomar con el material. Una distancia que le permitirá no contactarse sentimentalmente con el hecho sino criticamente, de manera reflexiva. El espectador debe entonces comprender el verdadero sentido enunciado detrás de la historia y de quienes la protagonizan, es decir, comprender la postura ética del autor ante el mundo que creó. Tememos que este corto en particular ha sido muy mal comprendido, cosa que veremos más adelante.

La acción sucede en una ciudad de avanzada. Prestar atención a la arquitectura modernista que allí se levanta: notoriamente exagerada. Cuando un rasgo salta por omisión o por exageración es un aviso de que allí hay algo. La lucha sobre el sentido del arte en la época moderna se lleva a cabo en la misma ciudad moderna, de consumo, de creación seriada. El cine, como invento moderno diferenciado, lleva su lucha por el sentido al mismo sitio donde fue creado: la ciudad capitalista. Bajo los parámetros consumistas de esta se llevará la guerra por el sentido del arte. Una vez más: el cine no se aleja de la realidad, no es escapista como algunos insisten en sostener, sino que al contrario, con ella se funde y en ella va a pelear por el sentido. Otra analogía con el catolicismo, la religión que no quedó tan solo en la contemplación, sino la que se hizo carne en la historia y en ella lucha día a día.

El pato Lucas ataca en cuatro flancos. Pinta bigotes en las personas, las publicidades, el cine y el arte anterior a este. Cada uno de estos ataques tiene un sentido. Es admirable como el cine, años antes de su enunciación formal, ya considera a la publicidad como una expresión artística capaz de ser discutida y asimilada. Recordemos: el cine no divide entre arte bajo y arte alto, sino por el contrario, funde su expresión en ambos. Psicosis, obra maestra del arte, contenedora de una alta expresión simbólica, está basada en una popular novela de terror de Robert Bloch. Así vemos como se atreve a realizar una profunda crítica de arte en un animado de siete minutos que tiene como primer público a infantes. Años después, cuando todo esto fue recordado por un disparador inesperado, podemos afirmar la capacidad de su operar. Volviendo a la publicidad, el último gran golpe de Lucas es hacia una gran propaganda femenina que cuelga en lo alto de un edificio. La capacidad del cine es la de convertir esta imagen de consumo en un símbolo. La mujer en lo alto, gracias al cine y su capacidad simbólica, pasa a convertirse de una mera propaganda en algo capaz de ser interpretado como la Señora en las Alturas. Y Lucas, al comprender esta posible interpretación, va al ataque.

Cuando Lucas ataca a la gente lo hace a la clase media. Trabajadores que, nos dice el relator, tienen miedo, pero no hacen nada ante el ataque. Gente consumidora que se deja hacer. Estos son los consumidores de los hoy llamados bienes culturales. Los espectadores a los cuales se les hace burla en la cara. Y no saben como reaccionar. Gente a la que se les vende sin sentidos, alegorías, vacios infinitos que conducen a la nada. Gente que mira a gente fumando en el mar e interpreta todo aquello que allí no está.

Lucas ataca al arte anterior al cine al pintar bigotes sobre una Venus de Milo y una estatua de Juana de Arco. El cine, una vez más, reconoce y expresa abiertamente su origen: la unión de la tradición clásica con la tradición católica. Y Lucas lo sabe, por eso actúa sobre ellos.

Finalmente Lucas ataca al cine mismo. Pasa por la puerta de un cine y pinta bigotes sobre los afiches de Peter Lorre, Humphrey Bogart y, en un rasgo de autoconsciencia, ¿temprano acaso?, el rostro del conejo Bugs Bunny. Lucas ataca al cine porque entiende de su operar: atacar la forma, horizontalizarla con la nada misma, es destruir los puentes hacia los sentidos que contiene. Banaliza a Bogart para desacralizar, no al actor, sino a la figura mítica que sabe representar.

Decíamos antes que no debemos confundir la opinión del autor con el punto de vista del relato, expresado en un personaje. Las herramientas de la distanciación son las que nos permiten alejarnos del personaje y comprender sus sentidos en el mundo creado. Analicemos entonces que piensan los autores sobre nuestro protagonista. Lucas se presenta a si mismo como un artista. Pero sus gestos hablan: no solo tiene tics y cuelgues de loco, sino que también banaliza su propio "arte". Se burla de tener solo que levantar su pincel y hacer unas líneas para crear su obra. Tanto sabe de la superficialidad de su accionar que no tiene problema en hacer al mismo tiempo varias de sus intervenciones, incluso jugando mientras tanto al Ta Te Ti. Es interesante que incluso el narrador nos aclara que lo que está suelto en la ciudad es ni más ni menos que un demonio, cosa que en la versión en castellano se pierde. No estamos entonces ante un autor que se sacrifica moralmente ante su creación. Estamos ante un enfermo que no toma en serio lo que hace, que comprende su sin sentido y hasta lo toma como un capricho personal, autónomo. Un loco que ataca a niños y adultos por igual, un loco que dice no ser malo porque salva a Porky de caer de las alturas para luego intentar pasarlo por encima con un auto (el arte moderno no quiere asesinarnos, sino solo aplastar nuestra inteligencia, porque ignorantes pero consumidores le resultamos mas útiles).

¿Pero es acaso así? ¿O estamos interpretando mal? ¿No será acaso Lucas el artista rebelde que lucha contra la imposición de la ley, el salvador que nos ha venido a rescatar de la opresión de la tradición?


Creemos que no. Primero porque el cine no fue ni un arte autónomo ni romántico. El cine estaba organizado no alrededor del capricho de uno sino de una verdadera sociedad de voluntades que compartían un mismo punto de vista. La alianza en Hollywood entre actores, directores, autores y productores, bajo la custodia de los estudios. En este animado lo que se oponen son dos concepciones sobre el arte: por un lado la vanguardista, por el otro la tradicional. Lucas ataca desde la segunda a la primera. Pero el dispositivo que tenemos en nuestro relato es clásico, de principio, nudo y desenlace. Además su mitologema es reconocible: el demonio suelto que está alterando la creación y el cual debe ser puesto en custodia. Recordemos incluso que lo demoníaco no puede crear, sino solo mal utilizar lo ya creado, parodiándolo (poniéndolo bigotes). Pero todo esto queda todavía más claro con el final, el cual puede ser peligroso sino se lo sabe interpretar. Lucas es capturado y pide clemencia ante un juez. El jurado, que está compuesto de hombres con bigotes, todos aterradoramente iguales entre si, lo dejan libre, y Lucas aprovecha la oportunidad para pintar barbas sobre el juez y nosotros, el público. ¿Que nos dice esto? Cuando se captura al loco, este es liberado por otros tan dementes como él. Esto significa: la vanguardia no es tan solo el accionar solitario de un individuo, sino la conspiración de otros varios que lo apoyan y legitiman. La genialidad de esta animación es mostrarnos con precisión no solo la culpa del artista vano, sino también la de la crítica y jurados que lo sostienen. ¿Quién pagará entonces por esta alegorización del mundo? El cine mismo, sabiendo que él está conformando también por sus espectadores. Una vez puesto en libertad Lucas ataca a la cámara misma, pintando toda la pantalla de negro. El demonio fue liberado. Y la sombra del sin sentido que propone se dispone a cubrir el mundo entero, dejándonos ciegos, y con mucho para conocer.

por Diego Avalos

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